¿PORQUE TUS HIJOS HACEN LO QUE HACEN?

El Blog de Camilo Acosta

FamiliaTe contestaré con 6 razones:

1.- PORQUE TU LOS DEJAS.
Hacen lo que hacen porque tú se los permites, los hijos se convierten en lo que son, porque sus padres lo permiten, así de sencillo. Si tu hijo está haciendo un desastre de su vida, esta respuesta no te va a gustar, tu vendrás a mí y me darás un millón de excusas, le vas a echar la culpa a la música que escucha, a las películas que ve, a los libros que lee (si es que lee), a la violencia que transmite la TV, al sistema educativo, o a la presión que ejerce la sociedad (o sus amigos), créeme, lo he escuchado miles de veces así es que haz a un lado la indignación y piensa en esta verdad: Tus hijos son producto de tu paternidad (de tu manera de educarlo).

2.- NO HAY CONSECUENCIAS DEL MAL COMPORTAMIENTO
Los padres…

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Evangelio de hoy: Martes 06 de Agosto 2013

El Evangelio de hoy
Lucas 9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía. .

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo. .

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión
El autor sagrado nos presenta la transfiguración como resultado de la oración de Jesús en un monte. Es la tradición la que nos habla del monte Tabor, pero ninguno de los evangelistas nos ofrece el nombre de este monte. Sin embargo, en la Biblia, un monte siempre será el lugar de la manifestación divina, también es el lugar del encuentro con Dios.

La transfiguración es presentada en relación con el Sinaí, primero por la mención de Moisés y Elías, quienes tuvieron un encuentro personal e íntimo con Dios en este monte y cuyo motivo principal era la alianza y el culto al verdadero Dios y, segundo, por la mención de las vestiduras blancas y relampaguentes, puesto que cuando Dios entregó a Moisés las tablas de la ley, dice el texto sagrado que nadie podía ver el rostro de Moisés, por su resplandor. .

En cambio, los discípulos pueden ver el rostro resplandeciente de Jesús, sin embargo, su resplandor es eclipsado, porque Jesús habla con Moisés y Elías del destino que le aguarda en Jerusalén: la muerte.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro
Evangelizacion Activa

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Marvin Giovanni A. Colocho

El Evangelio de hoy: Lunes 05 de Agosto 2013

El Evangelio de hoy
Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. El les dijo: “Tráiganmelos”..

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Reflexión
Este relato del evangelio está lleno de enseñanzas, sin embargo, valdría hoy la pena reflexionar en lo que quizás encontramos al centro de éste, que es: “compartir”.

Es interesante cómo los apóstoles dicen: “Solo tenemos cinco panes y dos pescados”, y quizás podrían haber agregado: “Pero estos son para que comamos nosotros “.

Jesús nos enseña que es precisamente en el compartir, en donde se puede experimentar la multiplicación.

En un mundo que vive cerrado sobre sí mismo, siempre ávido de atesorar, qué importante es poder experimentar que, en el compartir, está la felicidad y la paz del corazón. Es la experiencia que libera profundamente al hombre y lo hace ser auténtico ciudadano del Reino. Es precisamente cuando compartimos que somos capaces de romper nuestro egoísmo y cuando podemos decir en verdad, soy libre.

Las cosas tienden a sujetarnos y llegan hasta hacernos esclavos de ellas. El Ejercicio de compartir nos asegura que la redención de Cristo, ha sido operada en nosotros. Contrariamente a lo que se podría pensar, la única forma de ser verdaderamente rico, es compartiendo y compartiéndonos. No dejes pasar este día sin tener esta magnifica experiencia de compartir.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro
Evangelización Activa

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Marvin Giovanni A. Colocho

El Pecado Personal

1. El pecado personal: ofensa a Dios, desobediencia a la ley divina

El pecado personal es un «acto, palabra o deseo contrario a la ley eterna»[1]. Esto significa que el pecado es un acto humano, puesto que requiere el concurso de la libertad[2], y se expresa en actos externos, palabras o actos internos. Además, este acto humano es malo, es decir, se opone a la ley eterna de Dios, que es la primera y suprema regla moral, fundamento de las demás. De modo más general, se puede decir que el pecado es cualquier acto humano opuesto a la norma moral, esto es, a la recta razón iluminada por al fe.

Se trata, por tanto, de una toma de posición negativa con respecto a Dios y, en contraste, un amor desordenado a nosotros mismos. Por eso, también se dice que el pecado es esencialmente aversio a Deo et conversio ad creaturas. La aversio no representa necesariamente un odio explícito o aversión, sino el alejamiento de Dios, consiguiente a la anteposición de un bien aparente o finito al bien supremo del hombre (conversio). San Agustín lo describe como «el amor de sí que llega hasta el desprecio de Dios»[3]. «Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9)» (Catecismo, 1850).

El pecado es el único mal en sentido pleno. Los demás males (p. e. una enfermedad) en sí mismos no apartan de Dios, aunque ciertamente son privación de algún bien.

2. Pecado mortal y pecado venial
Los pecados se pueden dividir en mortales o graves y veniales o leves (cfr. Jn 5, 16-17), según que el hombre pierda totalmente la gracia de Dios o no[4]. El pecado mortal y el pecado venial se pueden comparar entre sí como la muerte y la enfermedad del alma.

«Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento»[5]. «Siguiendo la Tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone [aversio a Deo], prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave»[6].

-Materia grave: significa que el acto es por sí mismo incompatible con la caridad y por tanto también con exigencias ineludibles de las virtudes morales o teologales.

-Pleno conocimiento (o advertencia) del entendimiento: o sea, se conoce que la acción que se realiza es pecaminosa, es decir, contraria a la ley de Dios.

-Deliberado (o perfecto) consentimiento de la voluntad: indica que se quiere abiertamente esa acción, que se sabe contraria a la ley de Dios. Esto no significa que para que haya pecado mortal sea necesario querer ofender directamente a Dios: basta que se quiera realizar algo gravemente contrario a su divina voluntad[7].

Las tres condiciones han de cumplirse simultáneamente[8]. Si falta alguna de las tres el pecado puede ser venial. Esto se da, p. e., cuando la materia no es grave, aunque haya plena advertencia y perfecto consentimiento; o bien, cuando no hay plena advertencia o perfecto consentimiento, aunque se trate de materia grave. Lógicamente, si no hay advertencia ni consentimiento, faltan los requisitos para que se pueda hablar de que una acción es pecaminosa, pues no sería un acto propiamente humano.

2.1. Efectos del pecado mortal
El pecado mortal «entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno» (Catecismo, 1861)[9]. Cuando se ha cometido un pecado mortal, y mientras se permanezca fuera del “estado de gracia” -sin recuperarla en la confesión sacramental- no se ha de recibir la Comunión, pues no se puede querer a la vez estar unido y alejado de Cristo: se cometería un sacrilegio[10].

Al perder la unión vital con Cristo por el pecado mortal, se pierde también la unión con su Cuerpo místico, la Iglesia. No se deja de pertenecer a la Iglesia, pero se está como miembro enfermo, sin salud, que produce un mal a todo el cuerpo. También se ocasiona un daño a la sociedad humana, porque se deja de ser luz y fermento, aunque esto pueda pasar inadvertido.

Por el pecado mortal se pierden los méritos adquiridos -aunque podrán recuperarse al recibir el sacramento de la Penitencia- y se queda incapacitado para adquirir otros nuevos; el hombre queda sujeto a la esclavitud del demonio; disminuye el deseo natural de hacer el bien y se provoca un desorden en las potencias y afectos.

2.2. Efectos del pecado venial
«El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. “No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna” (Juan Pablo II, Ex. ap. Reconciliatio et paenitentia (2-12-1984), 17)» (Catecismo, 1863).

Dios nos perdona los pecados veniales en la Confesión y también, fuera de este Sacramento, cuando realizamos un acto de contrición y hacemos penitencia, doliéndonos por no haber correspondido al infinito amor que nos tiene.

El pecado venial deliberado, aunque no aparte totalmente de Dios, es una tristísima falta que enfría la amistad con Él. Hay que tener “horror al pecado venial deliberado”. Para una persona que quiere amar de veras a Dios no tiene sentido consentir en pequeñas traiciones porque no son pecado mortal[11]; eso lleva a la tibieza[12].

2.3. La opción fundamental
La doctrina de la opción fundamental[13], que rechaza la distinción tradicional entre los pecados mortales y los veniales, sostiene que la pérdida de la gracia santificante por el pecado mortal -con todo lo que supone- compromete en tal modo a la persona que solamente puede ser fruto de un acto de oposición radical y total a Dios, es decir, un acto de opción fundamental contra Él[14]. Así entendido, según los defensores de esta opinión errónea, resultaría casi imposible incurrir en pecado mortal en el devenir de nuestras elecciones cotidianas; o en su caso recuperar el estado de gracia mediante una penitencia sincera: pues la libertad, dicen, no sería apta para determinar, en su capacidad ordinaria de elección, de un modo tan singular y decisivo, el signo de la vida moral de la persona. Así, dicen estos autores, al tratarse de excepciones puntuales a una vida globalmente recta, se podrían justificar faltas graves de unidad y coherencia de vida cristiana; desgraciadamente al mismo tiempo se restaría importancia a la capacidad de decisión y compromiso de la persona en el uso de su albedrío.

Muy relacionado con la anterior doctrina está la propuesta de una tripartición del pecado, en veniales, graves y mortales. Los últimos supondrían una resolución consciente e irrevocable de ofender a Dios, y serían los únicos que alejarían de Dios y cerrarían las puertas a la vida eterna. De esta forma, la mayoría de los pecados que, por su materia, tradicionalmente han sido considerados como mortales no serían más que graves, ya que no se cometerían con una intención positiva de rechazar a Dios.

La Iglesia ha señalado en numerosas ocasiones los errores que subyacen en estas corrientes de pensamiento. Nos encontramos ante una doctrina sobre la libertad en donde ésta resulta muy debilitada, pues olvida que en realidad quien decide es la persona, que puede elegir modificar sus intenciones más profundas y que de hecho puede cambiar sus propósitos, sus aspiraciones, sus objetivos y su entero proyecto vital, a través de determinados actos particulares y cotidianos[15]. Por otro lado, «queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia»[16].

2.4. Otras divisiones
a) Se puede distinguir entre el pecado actual, que es el mismo acto de pecar, y el habitual, que es la mancha dejada en el alma por el pecado actual, reato de pena y de culpa y, en el pecado mortal, privación de la gracia.

b) El pecado personal se distingue a su vez del original, con el que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de Adán. El pecado original inhiere en cada uno, aunque no haya sido cometido personalmente. Se podría comparar a una enfermedad heredada, que se cura por el Bautismo -al menos, por su deseo implícito-, aunque permanece una cierta debilidad que inclina a cometer nuevos pecados personales. El pecado personal, por tanto, se comete, mientras que el pecado original se contrae.

c) Los pecados externos son los que se cometen con una acción que puede ser observada desde el exterior (homicidio, robo, difamación, etc.). Los pecados internos, en cambio, permanecen en el interior del hombre, esto es, en su voluntad, sin manifestarse en actos externos (ira, envidia, avaricia no exteriorizadas, etc.). Todo pecado, externo o interno, encuentra su origen en un acto interno de la voluntad: es éste el acto propiamente moral. Los actos puramente interiores pueden ser pecado e incluso grave.

d) Se habla de pecados carnales o espirituales según se tienda desordenadamente a un bien sensible (o a una realidad que se presenta bajo la apariencia de bien; por ejemplo, la lujuria) o espiritual (la soberbia). De por sí, los segundos son más graves; no obstante, los pecados carnales son por regla general más vehementes, precisamente porque el objeto que atrae (una realidad sensible) es más inmediata.

e) Pecados de comisión y de omisión: todo pecado comporta la realización de un acto voluntario desordenado. Si éste se traduce en una acción, se denomina pecado de comisión; si por el contrario, el acto voluntario se traduce en el omitir algo debido, se llama de omisión.

3. La proliferación del pecado
«El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz» (Catecismo, 1865).

Llamamos capitales a los pecados personales que especialmente inducen a otros, pues son la cabeza de los demás pecados. Son la soberbia -principio de todo pecado ex parte aversionis (cfr. Sir 10, 12-13)-, avaricia -principio ex parte conversionis-, lujuria, ira, gula, envidia y pereza (cfr. Catecismo, 1866).

La pérdida del sentido del pecado es fruto del voluntario oscurecimiento de la conciencia que lleva al hombre -por su soberbia- a negar que los pecados personales sean tales e incluso a negar que exista el pecado[17].

A veces no cometemos directamente el mal pero de alguna manera colaboramos, con mayor o menor responsabilidad y culpa moral, a la acción inicua de otras personas. «El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; y protegiendo a los que hacen el mal» (Catecismo, 1868).

Los pecados personales dan lugar también a situaciones sociales contrarias a la bondad divina que se conocen como estructuras de pecado[18]. Éstas no son más que expresión y efecto de los pecados de cada persona (cfr. Catecismo, 1869)[19].

4. Las tentaciones
En el contexto de las causas del pecado, hemos de hablar de la tentación, que es la incitación al mal. «La causa del pecado está en el corazón del hombre» (Catecismo, 1873), pero éste puede estar atraído por la presencia de bienes aparentes. La atracción de la tentación nunca puede ser tan fuerte que obligue a pecar: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados pro encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también la fuerza para poder soportarla» (1 Co 10, 13). Si no se buscan, y se aprovechan como ocasión de esfuerzo moral, pueden tener un significado positivo para la vida cristiana.

Las causas de las tentaciones pueden reducirse a tres (cfr. 1 Jn 2, 16):

– El “mundo”: no como creación de Dios, porque en este sentido es bueno, sino en cuanto que por el desorden del pecado solicita a la conversio ad creaturas, con un ambiente materialista y pagano[20].

– El demonio: que instiga al pecado, pero no tiene poder para hacernos pecar. Las tentaciones del diablo se rechazan con oración[21].

– La “carne” o concupiscencia: desorden de las fuerzas del alma como resultado de los pecados (también llamada fomes peccati). Esta tentación se vence con la mortificación y la penitencia, y con la decisión de no dialogar y de ser sinceros en la dirección espiritual, sin encubrir la tentación con “razonadas sinrazones”[22].

Frente a la tentación, hay que luchar por evitar el consentimiento, puesto que supone la adhesión de la voluntad a la complacencia, todavía no deliberada, consiguiente a la representación involuntaria del mal que se da en la sugestión.

Para combatir las tentaciones es preciso ser muy sinceros con Dios, con uno mismo y en la dirección espiritual. De lo contrario se corre el riesgo de provocar la deformación de la conciencia. La sinceridad es un gran medio para evitar los pecados y alcanzar la verdadera humildad: Dios Padre sale al encuentro de quien se confiesa pecador, revelando aquello que la soberbia querría ocultar como pecado.

Además, se ha de huir de las ocasiones de pecado, esto es, de aquellas circunstancias que se presentan más o menos voluntariamente y suponen una tentación. Hay que evitar siempre las ocasiones libres, y cuando de trata de ocasiones próximas (es decir, si hay peligro serio de caer en la tentación) y necesarias (que no se pueden quitar), se debe hacer todo lo posible para alejar el peligro, o dicho de otro modo, poner los medios para que esas ocasiones pasen de próximas a remotas. También -en lo posible- hay que evitar las ocasiones remotas, continuas y libres, que corroen la vida espiritual y predisponen al pecado grave.

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Marvin Giovanni A. Colocho

Moniciones para la Solemnidad de Santísima Trinidad

Moniciones para la Solemnidad de Santísima Trinidad – Ciclo C
Moniciones para la Misa.
Autor: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net

Tiempo Ordinario Ciclo C.

Santísima Trinidad: En el círculo trinitario

Monición de Entrada

Hoy estamos celebrando la fiesta de la Santísima Trinidad. Como bautizados, hemos sido llamados a participar de este amor íntimo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se nos ha dado la Trinidad como modelo de la comunidad. Nuestras vidas deben reflejar el amor de Dios, su paz y su unidad. Invoquemos el nombre del Señor, pidiéndole que forme con nosotros una comunidad de fe. Expresemos nuestro gozo en la unidad parroquial, con nuestras voces cantando el himno de entrada. De pie, por favor.

Primera lectura: Prov 8, 22-31 (La sabiduría existe antes del mundo)

Esta primera lectura, tomada del libro de los proverbios, habla de la eterna sabiduría de Dios creador. Esta sabiduría de Dios alcanza su plenitud en Cristo Jesús, sabiduría y palabra del Padre. También la Iglesia ve en ella la personificación del Espíritu Santo. Escuchemos.

Segunda lectura: Rom 5, 1-5 (Caminamos hacia Dios por Cristo y el Espíritu)

San Pablo, en su carta a los romanos, nos dice que las tres personas de la Trinidad trabajan para nuestra justificación. Estamos en paz con Dios Padre por medio de Jesucristo y compartimos el amor del Padre porque el Hijo ha derramado el Espíritu Santo sobre nosotros. En las tribulaciones tenemos esa ayuda permanente. Pongan atención.

Tercera lectura: Jn 16, 12-15 (Todo lo que tiene el Padre es mío: el Espíritu recibirá de mí lo que les irá comunicando)

Jesús nos promete el envío del Espíritu Santo. Los discípulos y nosotros tenemos la misma misión de Cristo: atraer a todos al Padre y hacer que le conozcan. El Espíritu Santo cumplirá esta tarea en nosotros. Antes de escuchar esta Buena Noticia, cantemos el aleluya. Todos de pie.

Oración Universal

Por la Iglesia, para que siempre crezca como comunidad de amor. Roguemos al Señor.

Por los que están de vacaciones, para que refresquen su mente y su cuerpo. Roguemos al Señor.

Por todos los que nos ayudan en cualquier forma: carteros, policías, taxistas, comerciantes, choferes, cajeros, farmacéuticos, empleados públicos, bomberos, secretarias, para que su trabajo sean de amor, y servicio y no sólo un deber. Roguemos al Señor.

Por todos los matrimonios, para que sus vidas reflejen más claramente el tierno amor que Cristo tiene a su iglesia. Roguemos al Señor.

Por nosotros, congregados en comunidad, para que compartamos esta hermandad con los demás. Roguemos al Señor.

Exhortación Final

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada domingo, San Pablo, España, 1995, p. 498)

Dios todo poderoso y eterno, uno y trino, tres veces santo,
¿cómo nos atreveríamos a pronunciar tu nombre sublime
y llamarte Dios-Padre, Dios-Hijo y Dios-Espíritu Santo.
si Jesucristo, el Hijo de Dios, no nos lo hubiera revelado?

Gracias, Padre, por el amor que en Cristo nos manifestaste;
y gracias también, porque abriendo el círculo trinitario,
nos admites en tu familia como hijos de adopción por Cristo
y por el Espíritu que nos impulsa a llamarte con verdad: ¡Padre!

Haz, Señor, que guiados por tu Espíritu, nos conduzcamos
como hijos tuyos que viven gozosos la conciencia de serlo,
y con nuestra vida te demos culto y alabanza por siempre.

Amén.

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Marvin Giovanni A. Colocho

Moniciones para Domingo de Pentecostes (Solemnidad)

Monición para la Solemnidad de Pentecostés
Monición para la Misa.
Autor: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net

La celebración Pascual

Domingo de Pentecostés: El Espíritu en acción

Monición de Entrada

Felicidades, hermanos en el Espíritu Santo. En este gran día de Pentecostés, celebramos el comienzo y el significado de la Iglesia, celebramos el Aniversario del glorioso nacimiento de nuestra Iglesia. El mismo Cristo Resucitado sopla su Espíritu sobre nosotros, asiste, dirige, anima y conduce a su Iglesia. El es el que nos da vida y fuerza para continuar la misión de Cristo. Como miembros de la Iglesia, expresemos muestra de gozo en el Espíritu, con nuestras voces cantando el himno de entrada. De pie, por favor.

Primera lectura: Hc 2, 1-11 (Llenos del Espíritu Santo comenzaron a hablar)

La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés se anuncia en la primera lectura. La variada multitud de los oyentes señala el carácter universal y misionero de la Iglesia naciente y de la alianza del Espíritu. Escuchemos.

Segunda lectura: I Cor 12, 3b-7.12-13(Bautizados en un mismo Espíritu)

La segunda lectura habla de la múltiple acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas o dones de servicios y de funciones, pero todos adquieren unidad tanto en su origen, como en su actuar. La Iglesia vive por la fuerza del Espíritu Santo. Escuchen a san Pablo en su primera carta a los corintios.

Evangelio: Jn 20, 19-23 (Don del Espíritu para la misión)

Reciban el Espíritu Santo. Fue la primera experiencia con que se encontró la Iglesia. El Espíritu se halla presente y opera en ella. Para que aparezca la vida tiene que ser removida la muerte. El don del espíritu se comunica como poder contra el pecado. De pie, por favor, para escuchar la Buena Nueva, pero antes entonemos el Aleluya.

Oración Universal

Por nuestra Iglesia, para que siempre sea fiel a la misión recibida de Cristo. Roguemos al Señor.

Por todos los cristianos para que trabajemos por la unidad y la paz entre todos. Roguemos al Señor.

Para que los Cristianos respondamos a las necesidades de los enfermos, de los marginados, de los desempleados y abandonados. Roguemos al Señor.

Por los difuntos para que pronto gocen de la presencia del Espíritu Santo. Roguemos al Señor.

Por todos nosotros, para que el Espíritu Santo nos llene con su gracia y paz, y nos una como una sola familia. Roguemos al Señor.

Exhortación Final

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada domingo, San Pablo, España, 1995, p. 495)

Hoy te bendecimos, Padre, porque todos hemos sido bautizados
En Cristo y en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo,
En el que la diversidad de sus miembros no rompa la unidad.

Gracias, Señor, por la riqueza de carisma en tu Iglesia
Mediante las diversas vocaciones al seguimiento de Cristo:
En la vida apostólica, la teología, la catequesis, la enseñanza,
La educación de niños y jóvenes, la atención a los marginados,
La asistencia a los pobres, enfermos y ancianos abandonados.
En todos ellos se manifiesta tu Espíritu para el bien común.

¡Oh Espíritu divino, repuebla la faz de la tierra y renueva
Entre nosotros los prodigios de un nuevo Pentecostés!

Amén.

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Marvin Giovanni A. Colocho

Moniciones para el VII Domingo

Monición para la Ascensión del Señor – Ciclo C
Moniciones para la Misa.
Autor: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net

La celebración Pascual Ciclo C. Ascensión del Señor

Monición para la Ascensión del Señor – Ciclo C
Moniciones para la Misa.
Autor: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net

La celebración Pascual Ciclo C. Ascensión del Señor

VII Domingo: Cristo glorificado es el Hombre nuevo

Monición de Entrada

Hoy estamos celebrando la solemnidad de la Ascensión del Señor. En las lecturas de hoy veremos que Cristo es la cabeza de la Iglesia. Él afirmó su autoridad y envió a sus seguidores a hacer discípulos y misioneros suyos en el mundo entero, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Pidamos al Espíritu de Cristo que nos de fe y fortaleza para ayudar a edificar la Iglesia. Con esta súplica empecemos nuestra celebración. De pie, por favor, para entonar el canto que dará inicio a nuestra Eucaristía de hoy.

Primera lectura: Hc 1, 1-11 (Jesús se elevó a la vista de ellos)

En esta lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos dice que Jesús ha convivido 40 días con sus discípulos, y los ha instruido con una nueva luz sobre el sentido del Reino de Dios. El momento de la Ascensión del Señor al cielo es la última acción personal de Jesús en el mundo. Él nos promete el Espíritu Santo. Escuchemos.

Segunda lectura: Ef. 1, 17-23 (El Padre lo sentó a su derecha en el cielo)

San Pablo, escribiéndoles a los efesios, indica que Cristo es dueño y Señor y estará sobre todas las cosas. Nosotros tenemos el Espíritu de Sabiduría para que comprendamos toda la profundidad de la esperanza cristiana y el poder de Jesús, para que en su nombre actuemos. Pongan mucha atención a este mensaje.

Tercera lectura: Lc 24, 46-53 (Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo)

Cristo nos invita a continuar su misión en todo el mundo. Por el poder del Espíritu Santo somos también sus testigos. Cristo sube al cielo para que los Apóstoles inicien la obra de predicación. De pie, por favor, para escuchar la Buena Nueva, pero antes entonemos el Aleluya.

Oración Universal

Por la Santa Madre Iglesia de Dios, para que sea fiel a su misión de comunicar el Evangelio a todo el mundo. Roguemos al Señor.

Por nuestra parroquia N______________________________, para que espere sin desfallecer la venida del reino y viva siempre en la unidad de la Iglesia. Roguemos al Señor.

Por los que gobiernan las naciones, para que conduzcan a los pueblos con justicia y con espíritu de servicio. Roguemos al Señor.

Para que surjan vocaciones sacerdotales y religiosas dentro de nuestra diócesis y nuestra congregación del Santísimo Redentor. Roguemos al Señor.

Por nosotros los aquí presentes, para que vivamos profundamente esta fiesta de alegría. Roguemos al Señor.

Exhortación Final

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada domingo, San Pablo, España, 1995, p. 489)

Dios Padre nuestro, hoy se llena de júbilo nuestro corazón
por la glorificación de Cristo Jesús. Él es el hombre nuevo;
y en su exaltación gloriosa es dignificada la naturaleza humana.
Por todo ello alabanza a ti, y gozo y esperanza para tus hijos:
Donde está Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar nosotros.

Ilumina los ojos de nuestro corazón para que comprendamos
cuál es la esperanza a la que nos llama en Cristo resucitado
y cuál la riqueza de la gloria que tú das a tus elegidos.

Mientras tanto, queremos cumplir la tarea que Él confió:
anunciar a todos la buena nueva de tu amor de tu salvación.
Danos la luz y la fuerza de tu Espíritu para esta misión.

Amén.

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Marvin Giovanni A. Colocho